La Madre Tierra terminó con su tregua

Desde hace algunos años el periodismo vivencial se ha transformado en una nueva forma de ver el mundo desde las comunicaciones, pero muchas veces son situaciones forzadas o previamente planificadas. Sin embargo, vivir un terremoto es algo muy distinto, y aunque todos vivimos lo mismo, creo que un periodista no puede dejar de contar lo que él vivió. Por eso esta crónica.

Aburrido de la fiebre festivalera me pasaba la noche entre el notebook y la programación semi alternativa a lo que pasaba en Viña del Mar de La Red, cuando a eso de las 03.32 de la madrugada del sábado 27 de febrero de 2010, -a partir de ahora fecha inolvidable en los anales de catástrofes-, la emisión de la TV sufre pequeños cortes que dos minutos más tarde ya son totales a medida que comienza a moverse la tierra.

La primera reacción es saltar de la cama, y ya en penumbras producto de la luz que emite el notebook encendido gracias a la batería, me permite ver lo que comienza a desatarse durante dos largos minutos. Observo como la casa, cual caja de zapatos se mueve de un lado u otro, y los muebles y artefactos mantienen su lugar. Una suerte ya que nada cayó o se rompió.

Parado bajo la puerta de mi habitación, trato de visualizar lo que sucede en el comedor mientras las paredes y el piso se mueven con un vaivén que nunca he visto ni imaginado. Tras pasar el temblor, un rápido vistazo iluminado por el teléfono celular me permite asegurarme que ningún artículo o artefacto cayó, a excepción de una lámpara, un par de cosas menores que estaban sobre el velador y unos discos compactos sueltos, mientras avanzo a la habitación de mi amiga con la que comparto la casa y que con gran valor estaba sobre la cama junto a sus dos hijos. Incluso el mayor ni siquiera percibió lo sucedido y hubo que despertarlo.

Pasado el primer susto y tal como sucede en la mayoría de los temblores, se podían esperar réplicas eso sí mucho menores. Salgo al patio con la duda sobre el estado estructura
l de la pequeña casa y un rápido vistazo me permite comprobar que todo está normal.

Vuelvo a mi habitación, me visto rápidamente, tomó la cámara fotográfica y decido salir a dar un recorrido por las calles más cercanas. Camino por calle Rodríguez hacia el oriente y en el camino cruzo un par de impresiones con un dirigente político regional que vive en el sector quien me asegura que las comunicaciones telefónicas móviles ya están colapsadas, y me indica que la modesta y antigua casa de sus vecinos se derrumbó parcialmente.

De ahí me dirijo a las oficinas del periódico, mientras decenas de personas, fundamentalmente jóvenes, caminan presurosos hacia sus casas luego de haber vivido el sismo en alguna de las tres discoteques. Ya en EL INFORMADOR, intercambio algunas impresiones con el director del medio y podemos ver como ya se inicia la loca carrera de automovilistas y los bomberos se reúnen en su cuartel.

Sigo mi recorrido nocturno y la desesperación, la incertidumbre y el miedo son las impresiones más fáciles de percibir, así como el daño estructural evidente en algunas viviendas como en Avda. República, o en calle Balmaceda donde el muro de concreto de una casa de dos pisos cayó en las dependencias de la Defen
soría Penal Pública, afortunadamente sin moradores a esa hora.
Cuarenta y cinco minutos después vuelvo a casa. Junto a mi amiga nos tomamos un café, mientras las réplicas de distinta intensidad se suceden. Cerca de las seis de la mañana parece que todo está algo más calmo y decido tirarme sobre la cama a dormir un rato.

Incomunicados


Pasadas las 9 me levantó. Tenemos electricidad y agua, pero los canales de televisión no funcionan. A esa hora llega un familiar de mi amiga desde Temuco quien nos entrega las primeras noticias, que indican que el sismo afectó a las regiones del Maule y del Bío Bío y que se conoce de 8 muertos.

Esos datos me llevan a pensar en las comunicaciones y el valor que tiene en especial para un periodista. Sin los tradicionales soportes que uso en funcionamiento: teléfono móvil, internet, TV, radio, me siento incomunicado. Una hora más tarde la situación se hace más grave cuando ya no dispongo ni de electricidad.

Un desayuno rápido, y vuelvo a recorrer algunos sectores del centro de la ciudad, donde ahora se hacen evidentes muchos daños estructurales en distintas construcciones, sin heridos ni víctimas.

A partir de lo mismo, comienzan a parecer otras preocupaciones sobre la instalación del comité de emergencia comunal y como se desplegará la ayuda y evaluación de las viviendas más complejas, así como la falta de agua potable.

Por la tarde, junto al director de EL INFORMADOR hacemos un recorrido más amplio por la zona urbana de Nueva Imperial y constatamos más derrumbes de revestimientos en casas y muros, así como la psicosis colectiva que se empieza a apoderar de la gente que colapsa los Servicentros para proveerse y en muchos casos en exceso de combustible, mientras que en los supermercados sucede lo mismo con víveres, agua, velas, fósforos y pilas eléctricas.

Derribando rumores


Una de las situaciones más comunes que genera la incomunicación es la propagación de rumores y por la tarde, dos de ellos eran muy comentados entre los habitantes de la ciudad. Que el Hospital Intercultural había sufrido daños estructurales y el tercer piso estaba inutilizado. El segundo se refería a que el camino a Carahue se encontraba cortado producto de un colapso en el llamado ‘Puente de fierro’.


Primero enrumbamos hacia Carahue y en el cruce de Ranquilco, un joven carabinero sofocado por el calor desviaba el tránsito de vehículos pesados y buses por el camino antiguo a la ‘Ciudad de los Tres Pisos’, mientras que los autos menores sí podían cruzar el puente que presenta daños y quiebres en el asfalto y un evidente desnivel en el acceso al puente.

Luego regresamos a Nueva Imperial y nos dirigimos al Hospital Intercultural donde tras ingresar por el sector de ‘Emergencia’, nos encontramos con la Directora del establecimiento, Ximena Oñate, a quien le planteamos lo que se rumoreaba. Desmentido absoluto de la funcionaria, quien nos explica que lo sucedido fue que producto del movimiento telúrico, lo destruido fue el cielo raso, así como algunas visuras en las pintura y el estuco de las paredes, pero que no existen daños estructurales en el edificio.


Los pacientes de ese piso fueron traslados inmediatamente terminada la catástrofe al primer piso en el sector correspondiente al módulo de medicina mapuche, e incluso la misma Directora Oñate resaltó que el Hospital Intercultural está en condiciones de prestar auxilio al Hospital Regional el que sí había colapsado.

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